Cerrando

Hola a todos aquellos que se han pasado alguna vez a husmear en estos rincones. Hace mucho tiempo que no subo una actualización al blog y bueno, aunque he tenido varias ideas rondándome por ahí no he terminado de materializarlas.

La cosa es que después de darle unas pocas vueltas he decidido cerrar el chiringuito, ya no siento la motivación necesaria para que surja la chispa y las ganas de escribir sobre estos temas… que no fluye la cosa, vamos, así que voy a concluir aquí este proyecto. Ha sido una experiencia muy divertida y eso me sirve para no cerrarme totalmente las puertas ante la idea de llevar a cabo otros proyectos que sí me inspiren y me permitan expresar otras muchas cosas que sigo llevando dentro y que a veces luchan por salir al exterior.

Podría no haber escrito nada durante otros seis meses y dejar que el blog siguiese llenándose de telarañas, pero entonces no podría agradecer a todos los que han leído algo alguna vez que se hayan detenido a hacerlo… Así que lo dicho, gracias y saludos!

“Hamnet”

No me he confundido al escribir el título del post, he escrito “Hamnet” en lugar de “Hamlet” y eso es lo que quiero hacer, hablar un poco sobre el pequeño Hamnet Shakespeare  y contar algunas curiosidades y anécdotas que han llegado a mí sobre su famoso padre. Tampoco es casualidad que haya escogido a este escritor como fuente de inspiración para el post, para mí él es pura inspiración: porque es muy grande su obra, porque era mágico e innovador, porque luchó contra la iglesia y la censura, y porque también tenía suficiente humildad como para respetar y admirar a otros grandísimos escritores, como es el caso de nuestro Cervantes.

Antes de empezar este viaje que nadie se asuste, no pretendo analizar a Shakespeare desde un punto de vista estricto y literario (me siento completamente incapacitada para hacer algo así, yo leo y disfruto a este escritor como cualquier persona sin conocimientos puede disfrutar plenamente una lectura), ni tampoco pretendo hacer algún análisis sociológico o histórico… cuando he deslizado mis dedos sobre el teclado me han llevado a este punto al recordar lo que aprendí sobre William hace ya algunos años, cuando tuve la suerte de visitar su ciudad: Stratford Upon Avon.

La pequeña ciudad de Stratford Upon Avon está al noroeste de Oxford a una hora más o menos de coche y calculo que a casi dos de Londres. El motivo por el que escogimos visitar este lugar no es otro que poder saber un poco más sobre la ciudad donde nació, vivió gran parte de su vida y murió William Shakespeare, aunque no deja de ser una bonita ciudad típicamente inglesa que puede aportar paisajes y encuadres extraordinarios a los amantes de la fotografía (y que también es el lugar de origen de John Harvard). Pues bien,  en una de las empedradas calles del casco histórico de esta villa inglesa está ubicada la casa del viejo Will, y sin más empezaré diciendo que aquello de ver su casa por dentro me pareció un poco parque temático, a pesar de lo mucho que aprecio esa visita y de todas las cosas que pude exprimir de la experiencia, me parece un poco circense que los familiares convirtiesen la casa donde vivió William en una especie de museo abierto al público en el cual puedes llegar incluso a tocar la cunita donde dormía Shakespeare cuando era un bebé. ¿Eran aquellas las pertenencias reales de él y su familia o es un montaje para fans y turistas? Yo me inclino bastante por lo segundo, así que lo bueno que puedo sacar de allí son por encima de todo los detalles que me acercaron un poco más a la vida personal de este escritor.

William nació en una casa de la calle Henley, sus padres debían ser más o menos acomodados porque su casa gozaba de todas las comodidades posibles de la época: habitaciones independientes, chimeneas, jardines… o al menos eso es lo que a mí me parece por lo que pude ver (sólo les faltaba tener una piscina en la parte de atrás para convencerme de que aquella casa tenía de todo). Will estudió en Stratford y se casó con Anne Hathaway (hago un stop para decir que no tiene nada que ver con la actriz que todos conocemos hoy en día, aunque puede que a la Anne moderna la llamasen así en honor a la señora de Shakespeare…). Anne y William tuvieron a Susanna y al poco tiempo nacieron sus mellizos: Judith y Hamnet (es curioso el hecho que les llamasen así, ya que escogieron el nombre de un panadero y su mujer, ambos muy amigos del matrimonio Shakespeare). Y aquí comienza el verdadero despegue de William, él tenía una familia numerosa que mantener, unos padres ricos pero que tuvieron que repartir su herencia entre él y sus otros ocho hermanos y una vocación y unas ansias de gritar sus palabras al mundo de una forma irrefrenable.  Shakespeare siempre tuvo una relación especial con su hijo, tal vez por ser el varón, tal vez porque el pequeño vivía encariñado con su padre, pero pronto tuvo que distanciarse de él y de las niñas para mudarse a Londres, donde estaban el dinero, los teatros y una posibilidad de futuro para su familia a través de su carrera de escritor. El trabajo mantuvo a Shakespeare alejado de Stratford durante años, años en los que tuvo que luchar para evitar que censurasen sus obras y que la reina no cerrase los teatros (aprovecho para decir que una de las cosas más curiosas que pueden verse en el museo-casa de Shakespeare es una habitación plagada con cientos de cosas que el escritor tuvo que omitir, modificar o que directamente fueron censuradas en sus obras. Las paredes están repletas de papeles con frases que podemos leer hoy en día en sus libros y cómo fueron concebidas por William originalmente).

El pobre Hamnet murió cuando apenas tenía once años y aquello supuso un golpe del que William nunca llegó a recuperarse. ¿Nadie se ha preguntado nunca por qué William Shakespeare se ha empeñado en negar un final feliz a su público? ¿Por qué convirtió sus comedias en tragedias y nos ha torturado con las pérdidas y la muerte de los personajes? Yo creo en las teorías que defienden que William Shakespeare se convirtió en otro escritor cuando perdió a su Hamnet. Las obras que se conectan directamente con los sentimientos de William justo tras la muerte de Hamnet fueron “El rey Juan”, “Romeo y Julieta”, “Julio César” y por supuesto “Hamlet”, que parece un claro homenaje a su hijo. En “El rey Juan” podemos incluso llegar a leer estas palabras:

“La pena llena la habitación de mi hijo ausente, yace en su cama, anda conmigo arriba abajo, asume sus bellos rasgos, repite sus palabras, me recuerda sus graciosos miembros, rellena sus vacías prendas con su forma. Tengo entonces razón de amar la pena. Adiós. Si tuvieras una pérdida tal, yo te daría a ti mejor consuelo.”

William ennegreció sus obras y también su vida personal. Siempre existieron rumores sobre la tensa relación que mantenía con su mujer, y la muerte de Hamnet empeoró con creces la situación. No puedo imaginar nada más terrible que ser la señora de Shakespeare (poeta y autor de una de las obras de amor más universales) y que él te dedique de forma indirecta unas palabras como éstas:

Los ojos de mi señora no son nada como el sol,

el coral es por lejos más rojo que sus rojos labios;

si la nieve es blanca, ¿por qué entonces sus pechos son oscuros?

Si el cabello fuera alambre, negros alambres crecerían de su cabeza (…)

 

Vale, es muy posible que no estuviese hablando de ella pero… llamadme malpensada, yo veo un hachazo directo a Anne en ese fragmento.

En cualquier caso William Shakespeare terminó regresando a su Stratford natal, donde se mudó a vivir con una de sus hijas (no me preguntéis cuál de ellas), que estaba casada con un médico. Y casi sin darme cuenta hemos avanzado hasta llegar al jardín de esta casa, que también puede visitarse en la pequeña Stratford y que está incluido en el precio de la visita. Lo más curioso del jardín es la gran cantidad de plantas medicinales que crecen en él, el yerno de Shakespeare las utilizaba para elaborar las medicinas que luego administraba a sus pacientes y esto sí que es un hecho real alejado del circo para turistas que son las casas de Shakespeare y su familia, una curiosidad que me hizo sentirme mucho más cercana a toda esta historia y palparla como algo real.

A veces hay que mirar mucho más allá de lo que estamos viendo, y si lo hacemos, podemos llegar a capturar miles de pinceladas que nos acerquen a otros niveles al lugar que visitamos o a la persona que tratamos de conocer o entender. Y justamente eso es lo que me ocurrió a mí con William Shakespeare y la visita a Stratford Upon Avon.

El hombre que mira a la luna

Nerviosa como una condenada busco un pedazo de papel de donde sea. No tengo ganas de abrir el ordenador y la información está bullendo dentro de mi cabeza, no quiero dejar que nada se me escape esta vez…

Esto no es un blog de viajes (como todo el mundo sabe) pero tengo que aconsejar que siempre que hagáis uno, preguntéis por el “Free Tour” de la ciudad o busquéis información al respecto. Esto del “Free Tour” no es más que un grupo de gente con ganas de pasar un rato divertido y diferente, gente con ganas de aprender que se reúne en algún punto determinado de la ciudad a ciertas horas, donde un voluntario con “conocimientos del terreno” te acompaña en un recorrido dinámico y original por las calles más emblemáticas del lugar. Es gratuito, así que no hay que nadie debe esperar visitas a algún museo ni nada parecido, tan solo podrás ver dónde están esos sitios “de pago” que puedan resultar interesantes para ser vistos después del tour. Si al final de la visita te has divertido, puedes dar una propina al guía que te ha mostrado el recorrido, aunque nadie se va a molestar si no lo haces, ni siquiera he visto que echen un ojo al dinero que les estás ofreciendo, estos guías tan sólo te darán una sonrisa y un saludo de despedida deseando que lo hayas pasado bien.

Aquel día estaba cansada, no habría movido ni un solo dedo para salir de casa, pero el tour por la ciudad antigua de Estocolmo había que hacerlo sí o sí. Había acumulado sentimientos amargos en esos días y no me apetecía asociarlos a la ciudad, la ciudad es bonita y acogedora y quería conseguir tener recuerdos que mereciesen la pena y que, al pensar en ese lugar, me trajesen imágenes e historias curiosas a la cabeza.

Aprendí muchísimo, y aún a riesgo de reventarle la sorpresa a cualquiera que piense visitar un día la ciudad de Estocolmo, voy a tratar de relatar esos fragmentos de historias que conseguí garabatear en un papel para no olvidarlos, así que voy a hacer un poco de guía del “Free Tour” y repetir esas historias y anécdotas que fui capaz de recordar.

El tour comenzó despacio, cerca de Sergels Torg en el mismo centro de Estocolmo. Allí mismo nos revelaron lo que ya sabíamos: que las galerías del metro de Estocolmo representan uno de los mayores museos de arte moderno al aire libre del mundo. Yo del metro la verdad, me quedo con la parada de “Hallonbergen”, simplemente por las risas que podré haber pasado pronunciado esa palabra con acento sueco y también por su significado: “Campo de fresas”. Respecto a lo del arte moderno… bueno, es difícil de comprender, algunas paredes están llenas de garabatos, otras tienen un barco vikingo metido en una vitrina y otras simplemente rocas o salientes sobre la pared. Seguramente los que hayan leído la trilogía de “Millenium” encontrarán interesante el metro y podrán poner forma, luz y color a muchas escenas que hayan vivido junto a los protagonistas de estas historias.

Al iniciar el paseo junto al banco más antiguo de Estocolmo descubrimos que pretenden sustituir al señor viejo que aparece en el billete de cien coronas por una foto de Greta Garbo, y yo casi lo prefiero, al menos el nombre de ella es mucho más conocido que el del señor mayor, que incluso he olvidado.

El paseo por las calles de Gamla Stan nos llevan al Palacio Real y sus historias de fantasmas. Cualquiera puede ver el cambio de guardia y leer historias sobre los arquitectos que han modificado el palacio, pero saber la historia de “The White Lady” es para mí una información mucho más valiosa (y escalofriante). Dicen las leyendas que cada vez que se aparece el fantasma de “The White Lady” en los corredores o en los tejados del palacio, es símbolo de que un miembro de la familia real va a morir. Un soldado comentó cómo un escalofrío le había recorrido la espalda y le había helado la sangre antes de descubrir la figura de una mujer vestida de blanco caminando cerca de uno de los balcones en los que él mantenía la guardia. Esa misma noche moriría la reina Margarita… ¿coincidencia? Yo no lo sé, pero casi prefiero no averiguarlo y dejar que los valientes que persiguen a los fantasmas se aventuren en otro de los tours más famosos de Estocolmo: la visita nocturna al palacio real usando un candelabro o candil para iluminar el camino.

Caminando por los puentes que cruzan la ciudad echamos un ojo al edificio rojo, cuya cúspide muestra las tres coronas doradas símbolo de Estocolmo. En aquel lugar se entregan los premios Nobel (menos el de la Paz, que se entrega en Oslo). ¿Y por qué se entregan allí los premios? Porque Alfred Nobel era un sueco que decidió premiar a las grandes mentes privilegiadas… aunque no lo hizo de forma equitativa. Hay una oscura historia de celos y desamor detrás de este inventor y químico sueco, que se negó a crear un premio Nobel de Matemáticas. La razón es que él siempre amó a una mujer que no le correspondía y que curiosamente, estaba casada con un matemático. Así que Nobel se dedicó a jugar con explosivos y a volver la cara de la comunidad científica a los matemáticos. Seré retorcida, pero yo creo que incluso ideó los premios por puros celos y venganza (esto sí es 100% personal, cada cual que tenga su propia teoría…).

No voy a hablar de vikingos en Estocolmo… bueno un poco. Los romanos nunca conquistaron las tierras escandinavas, tenían dificultades para adaptarse al clima y las condiciones de vida de estas latitudes (no me puedo ni imaginar por qué se sintieron así…), así que las evidencias que existen sobre los vikingos son muy reducidas y la mayoría son invenciones y distorsiones históricas. Lo que más clama al cielo es que los vikingos nunca pusieron cuernos en sus yelmos (lo sé, acabo de terminar con la infancia de muchos de vosotros además de chafaros esa imagen tan genial que tienen los vikingos). El único resto vikingo que encontraréis en las calles de Estocolmo es una piedra vieja con unas runas muy antiguas. Podréis acariciarla y pensar que estáis tocando un pedazo de historia.

En el recorrido por las retorcidas y empedradas calles medievales de la ciudad antigua, podréis ver una hermosa plaza con casas pintadas de colores… lugar empleado durante la Edad Media por Christian de Dinamarca (apodado “el cruel” por los suecos) para hacer ejecuciones (mi fantasía y sensación de relax al traste con esta información, casi puedo oír las cabezas rodando por el suelo mientras la muchedumbre se agolpa alrededor del verdugo). Callejeando también puede verse una estatua de “St. George slaying the Dragon”, que es una réplica exacta a la versión “de pago” que hay en la catedral de Estocolmo y que llama la atención por su expresividad.

Miles y miles de anécdotas más se apelotonan en mi cabeza con cada paso… la historia del Wasa, un famoso barco que fue creado con todos los lujos y que naufragó por exceso de peso a la media hora de zarpar (y no fue culpa de un iceberg, sólo de una mala ingeniería: el exceso de peso y el agua que entró a mansalva por los ojos de los cañones)… pero de entre los vikingos, barcos de leyenda y los dragones, yo me quedo con un detalle de todo el recorrido: el hombre que mira a la luna.

La escultura de “El hombre que mira a la luna” es la más pequeña de toda la ciudad, apenas medirá unos centímetros. Este hombrecito está escondido en un pequeño patio en medio del entresijo de calles que componen el casco histórico. Al verle, te das cuenta de que el hombre no es un hombre, sino un niño que mira con curiosidad hacia el cielo y que hace que se te dibuje una sonrisa en la cara casi por arte de magia. Los suecos saben muy bien esto, y se preocupan por su niño escondido abrigándole con mini-bufandas y gorritos cuando llega el invierno. Además, dicen que si le dejas algún regalo y le acaricias la cabeza para despedirte de él, el niño te concederá un deseo, así que no hay que dejar pasar la oportunidad de hacerle compañía por un momento y soñar junto a él. Y como niño que es, cualquier cosa vale como regalo, sobre todo los dulces y el chocolate.

Con la cabeza llena de historias anoto en el pedazo de papel los recuerdos que sí me voy a llevar de esta ciudad llena de vikingos, dragones, niños soñadores, barcos hundidos… y fantasmas.

*

Nota: Todas las fotos son mías, como no podía ser de otra manera 🙂

Esta foto la dejo de propina para que L vea las fachadas de colores donde ejecutaban al personal 😛

Síndrome de Estocolmo

–         Bueno, y aquí lo tenéis. – dijo la chica deteniendo al grupo entero. Todos miramos sorprendidos sin ver nada aparentemente extraordinario: una calle normal, comercios normales… No había rastros de arte urbano o de edificios históricos que provocasen un “stop” en el recorrido turístico. –          Aquí, en esta sucursal es donde se originó “el síndrome de Estocolmo”, donde cuatro rehenes fueron retenidos durante seis días por dos atracadores. ¿El rescate que pedían? Cuatro millones de coronas, dos armas y un coche… ni más ni menos. Kristin le había visto cruzar la sala a toda velocidad. Comprobó que todos seguían ocultos y agachados tras el falso muro que componían las cajas de seguridad y dejó a Clarck a cargo de la vigilancia. Después de casi una hora todo parecía haber vuelto a la normalidad y la tensión que todos habían vivido se diluyó casi por completo. Volvían a conversar y Clarck repartía algo de comer mientras canturreaba “Killing me Softly”. Las primeras veces había sentido aquella canción como una burla aborrecible pero ya todos se reían cuando volvía a cantarla. Era gracioso y tranquilizador oír su ruda voz desafinando algunas notas de forma infantil. Se levantó despacio, cuando las sombras alargadas de la tarde-noche ya cubrían gran parte de la oficina. Clarck la miró e hizo un instintivo gesto con la cabeza, dándole permiso de forma invisible para ir al baño. Tal y como esperaba Jan-Erik se encontraba allí, tirado en el suelo con la espalda pegada a la pared del estrecho pasillo. Sabía que ella estaba allí pero no hizo ningún movimiento, simplemente permitió que se le acercase mientras continuaba sujetándose la cabeza con ambas manos. Parecía derrotado y cansado, y Kristin se agachó para sentarse a su lado antes de comenzar a hablarle con extremada suavidad. –          Erik… ¿estás bien? Él se echó a reír y agitó la cabeza antes de volverse para mirarla. –          Sólo mi madre me llama Erik, ¿sabes? –          He oído que Clarck te llamaba así un par de veces… es bonito. Mucho más que “Janne”. –          Lo de “Janne” me lo pusieron estando en la cárcel – respondió él con aire sombrío. –          Razón de más para llamarte Erik entonces. Dime, ¿qué ha pasado antes? –          No quiero asustarte con todo esto Kristin, es mejor que vuelvas con los demás. –          Si no me lo cuentas entonces sí que me vas a asustar. No te había visto así hasta ahora. –dijo ella, con la voz algo temblorosa. –          La policía amenaza con llenar de gas el banco. –          ¿Qué? ¿cómo que…? – se alarmó ella, llevándose una mano a la boca. –          Espera… déjame que lo explique – dijo Erik, tratando de calmarla- Yo esperaba que empezasen con las amenazas, era sólo cuestión de tiempo. Kristin no dijo nada, simplemente apartó la mirada y trató de esconder sus temores. Él le agarró la mano con fuerza mientras le pasaba los dedos por la mejilla. Había algo prohibido y enfermizo en todas las concesiones que le estaba haciendo a aquel hombre, pero no podía dejar de verse tentada por sus gestos de cariño ni por la protección que le ofrecía su presencia. Los primeros días la sensación era mucho más confusa, pero ya se dejaba llevar por el carisma de Jan-Erik sin prohibírselo a sí misma. –          La policía sólo quiere meter miedo. Te prometo que no te va a pasar nada, ni a ti ni a ninguno de los demás. No lo permitiré – susurró él. –          Lo sé, es sólo que estaba un poco asustada… como tardabas en venir he pensado que te habría ocurrido algo… – respondió ella, vencida por su cercanía mientras volvía a mirarle a los ojos. Él soltó sus manos y miró a la pared que tenían enfrente, aunque sus ojos realmente se perdían en la marea de pensamientos que le asaltaban. –          Todo esto es culpa mía. Un día empiezas con estas historias y ya no puedes pararlo. Una estupidez te lleva a otra y de repente le debes pasta a tus amigos, a tu familia… le fallas todos los que te importan de verdad. Y yo lo único que quería era ayudar, aunque ya nadie me crea siempre he querido lo mejor para todos. Me he sentido… atrapado, como si un tipo me apuntase directamente a la cara con un revólver… Ella asintió sin terminar de entenderle, aunque estaba demasiado abrumada por su confesión como para decírselo. –          Y realmente todos te apuntan a la cara, puede que no con un arma, pero sí con el dedo. Ya sólo soy el que ha estado en la cárcel, el criminal… pero no soy un criminal, sólo soy un gilipollas sin imaginación ni talento para hacer algo mejor. – miró a Kristin y sonrió – De todas formas ya he renunciado a cambiar mi reputación, me da igual. –          No digas eso, si te conociesen de verdad cambiarían de opinión. Seguro que descubren que aún te quieren. Y tus padres… –          ¿Mis padres? Jamás me perdonaré haber defraudado a mi madre. Espero que los de la tele no le estén dando demasiada publicidad a todo esto, me destrozaría que ella estuviese preocupada por mis estupideces. Pero mi padre… – dijo él haciendo hincapié en las palabras – Él no es parte de mi vida y es una de las pocas cosas de las que me siento orgulloso. Cuando apenas era un niño me miró y me dijo que era un milagro que estuviese en este mundo, que podía dar gracias porque él había sido un blando. Me alegré el día que se largó. –          Yo… no tenía ni idea… debiste sufrir mucho – dijo Kristin, creyendo intuir el peso de los recuerdos en los ojos de Jan-Erik. –          Para nada. Él siempre decía que yo era “un condón roto” y que sólo por eso se había mantenido al lado de mi madre. Mejor que se largase, ¿no crees? –          No sé. Él sonrió en silencio y volvió a acariciarle la cara. –          Me haces sentir mejor Kristin, mucho mejor. Hace unos minutos estaba hundido pero ahora… gracias. –          De nada. –          Jamás permitiré que os hagan daño – repitió él, mientras dibujaba el contorno de sus mejillas con el dedo. –          ¡Janne! Ambos se sobresaltaron ante la llamada de Clarck al otro lado de la habitación, cerca de la cámara acorazada. Se pusieron en pie y salieron de allí, dispuestos a averiguar qué estaba ocurriendo.   –          Kristin Ehnmark se resisitió incluso a testificar en contra de sus secuestradores, y afirmaba sentirse “más segura” con ellos que con la policía – continuó nuestra guía, mientras todos observábamos la sucursal del Kreditbanken con renovada curiosidad – Uno de los secuestrados fue padrino de los hijos de uno de los secuestradores y existe el rumor de que un fotógrafo captó a una mujer en el instante en el que se besaba con uno de los delincuentes. De golpe aquella calle normal llena de establecimientos normales nos pareció fascinante. La guía concedió algunos segundos a nuestra imaginación y después reanudó el paso para continuar con el recorrido.

*

Edito la entrada con una foto de la esquina de  la calle Norrmalmstorg en la actualidad 🙂 Es una de las calles más caras de la ciudad…

Comprendiendo cosas

En Suecia hay dos estaciones: el invierno blanco y el invierno verde. Por lo visto eso dijo un poeta sueco una vez, aunque no he conseguido averiguar quién era exactamente ese poeta. Me quedé encantada con esa descripción la primera vez que la oí, porque no creo que pueda haber una definición más acertada del clima sueco. Apenas si ha existido una mañana en la que el aire frío no me rasgase la piel de la cara al salir a la calle y hasta hace bien poco he conseguido dejar los guantes en casa para que no se me helasen las manos. Si al invierno verde le sumo un sol que asoma pasadas las cuatro de la mañana (apuntando con precisión a mi cara a través de las rendijas de las persianas, menuda puntería tiene para eso el muy jodido) y tarda cerca de dos horas en ponerse por completo más allá de las diez de la noche, me doy cuenta de que me encuentro en uno de los lugares más peculiares en los que jamás había estado.

Al principio cuesta trabajo entender al invierno verde. Una mañana puede amanecer radiante, casi cálida alrededor de las ocho de la mañana, volverse gris y lluviosa a media tarde y congelar las gotas de lluvia para transformarlas en aguanieve caída ya la noche. A pesar de los cambios permanentes y del frío, he aprendido a encontrar algo muy especial en el invierno verde. Puedo correr en la tarde noche y disfrutar del aire frío reavivando la respiración e incluso estimulando los músculos durante la carrera. Mientras, el sol no termina de ponerse nunca detrás del horizonte marcado por las aguas del lago. Puedo correr bajo la lluvia y disfrutar con el olor de la tierra mojada y del sonido de las gotas en las hojas de los árboles. Hay una naturaleza diferente y fantástica en el invierno verde.

–          ¿Qué llevas ahí?

–          Mira – dije, abriendo la bolsa de la compra para mostrar su contenido.

–          ¿Velas?

–          Claro tía. ¿Es que no has visto que los suecos lo tienen todo lleno de velas en todos sitios? He comprado estas dos velas grandes para encenderlas en mi piso.

Resultaron ser unas “velas de exterior” y casi nos chamuscamos las cejas con la llamarada que metieron al encenderlas en casa. Si los suecos llenan restaurantes, tiendas y casas con velas es por culpa del otro invierno, el invierno blanco. Durante el invierno blanco reina la oscuridad y las velas sirven para dar calidez al ambiente al tiempo que se ahorra mucha energía. Y por fin nos dimos cuenta de uno de los grandes misterios que hay aquí: el motivo por el cual la mayor parte de casas no tiene persianas o cortinas o algo que sirva para ocultar el interior de las casas. Durante el invierno blanco la gente se refugia en casa y apenas si puede aprovechar las pocas horas de sol que hay para salir a la calle. En una ciudad con pocos habitantes que permanecen gran parte del día sin pisar las calles hay que buscar algún invento para que la ciudad siga pareciendo “viva” y eso se consigue a través de la luz y del movimiento que se deja ver a través de las ventanas iluminadas. Yo me imagino a mí misma caminando por una calle silenciosa y oscura en la que todas las ventanas están cerradas a cal y canto, y lo mínimo que se me pasa por la cabeza es que puede aparecer un fantasma (o algo incluso peor) para darme  el susto de mi vida. Creo que hay un componente psicológico muy importante en dejar ver que, a pesar de la oscuridad del invierno blanco, sigue habiendo vida tras los muros de las casas.

–          He visto a mis vecinos andando de un lado a otro de la habitación sin camiseta.

–          ¿Ah sí? ¿Estabas espiando o qué? – insinué con una media sonrisa.

–          No, pero es que aunque no quiera mirar los veo… y les da igual, aquí se ve todo.

Efectivamente se ve todo, y a nosotros nos choca mucho, pero es porque no hemos llegado a entender que si las ventanas están abiertas al exterior no es por gusto (o por falta de gusto), sino para mostrar que sigue habiendo gente habitando la ciudad.

Al menos he conseguido comprender uno de los misterios de Suecia. Y aún quedan muchas cosas más que comprender…

En otro mundo

El otro día tuve una revelación de lo más tonta. Es un pensamiento como cualquier otro, pero me ha dado por plasmarlo y aquí está. Estaba sentada en un banco frente a las vías, esperando que llegase el metro cuando me dio por pensar en… mejor lo cuento.

La estación era casi fantasmal a esa hora, tan solo había algunas personas merodeando en el lugar, algunos sentados y otros de pie, paseando impacientes cerca de las vías. Yo estaba sola, comprobaba el tiempo restante para que llegase el metro en el marcador digital cuando una chica llegó caminando con acelero. También miró el marcador y luego las vías, para finalmente decidir sentarse en el mismo banco en el que yo estaba. Se quitó la mochila para poder acomodarse en el asiento mientras calmaba su respiración, agitada por la carrera. Entonces reparó en mí, y yo también la miré a ella. Y así fue como me di cuenta de cómo están las cosas. La chica retiró la vista rápidamente para rebuscar algo en su mochila, y al poco jugueteaba a arrastrar el dedo por la pantalla de su teléfono móvil, totalmente concentrada y abstraída de cuanto le rodeaba. La conclusión que saqué en ese instante fue la siguiente: las personas utilizamos el móvil para que no parezca que estamos solas y así escudarnos detrás de estos chismes.

Lo cierto es que me da la risa al pensarlo, porque este tipo de cosas pueden ocurrir y ocurren aquí, allí… en cualquier parte del mundo. Si estás esperando el autobús bajo el tejadillo de plástico de la parada y alguien más llega seguro que saca el móvil, hace una llamada, manda un mensaje o ¿quién sabe? Le cambia el formato a la fecha del calendario aparentando que tiene algo importante que atender… No es que yo no haya hecho cientos de veces lo de mirar el móvil cuando estoy sola, es que nuestro comportamiento al respecto roza la comedia. Es cierto que sirve para matar el tiempo mientras esperas con paciencia en una cola para recoger unas entradas o para entrar al probador de una tienda, pero últimamente veo que la dependencia es casi excesiva, apenas pasan unos segundos desde que nos sentimos solos hasta que sacamos el aparato para jugar a estar ocupados en algo que no sean nuestro propios pensamientos. Si hay algún desconocido en la escena, el efecto es incluso más inmediato y yo creo que ya no es para no sentirnos solos y aburridos, sino para que el otro no piense que realmente lo estamos.

Decidí no hacer nada cuando subí al metro. No iba a leer, ni a escuchar música, ni a jugar con mi móvil. Había decidido mirar a los demás, a la ventana, al suelo… sencillamente eso. A mi alrededor cada cual estaba encapsulado en su mundo individual, la gran mayoría desplazando el dedo sistemáticamente por sus terminales como si se hubiesen puesto de acuerdo para hacerlo a la vez. Si alguien subía al vagón rápidamente buscaba su móvil en el bolso o en el bolsillo, incluso antes de haberse acomodado bien en el asiento ya tenía el aparato en las manos. Y ¿qué queréis que os diga? Si lo observas con atención, resulta muy sorprendente y hasta gracioso.

Cerrar nuestro mundo en estos aparatos nos está convirtiendo en otro tipo de personas, no digo que mejores ni peores, sino diferentes. Sé de un amigo que discutió con su novia cuando ella se compró un Smart-phone de última generación.

–          Estoy hasta los huevos de esta niña… – me dijo con frustración.

–          ¿Y eso? – pregunté aguantando una risa, al ver que él agitaba el teléfono en la mano.

–          Pues nada, que desde que los dos tenemos “Whatsapp” la vida es una discusión permanente. Si no le mando un mensaje nada más levantarme es que no me acuerdo de ella por las mañanas, si no le mando uno cuando voy a comer es porque me da igual lo que esté haciendo ella, si una noche estoy cansado y no le digo buenas noches ochenta veces por el “Whatsapp” es que no la quiero…

–          ¿Y no la llamas para decírselo o qué?

–          ¿El qué? – preguntó él, guardándose el móvil en el bolsillo.

–          Pues que la quieres, o que pase buena noche…

–          …No. Ya apenas hablamos por el móvil. Lo que es hablar, quiero decir…

–          Vaya.

–          Pero es porque tengo que estar todo el día con los mensajes – dijo, tratando de defenderse. Yo apenas insinué nada, pero él sintió la necesidad de excusarse ante mí – Si no le mando un mensaje no quiere decir que no me acuerde de ella.

–          Yo prefiero escuchar la voz de las personas una sola vez al día que estar así, con ese sinvivir y esa adicción. Es cuestión de gustos supongo.

–          Supongo que sí – reconoció.

–          Es un estrés añadido tío, un motivo más para rallarse por estupideces…  – dije, quitando hierro al asunto.

–          Pero una vez que empiezas con esto, ya no puedes parar.

Y así es. Una vez entras en este círculo no puedes vivir sin eso. El teléfono es lo primero que miramos al despertar y lo último que dejamos en la mesilla antes de dormir. En la calle ya no sabemos comportarnos si no lo llevamos encima, y hemos dejado de hablar entre nosotros para hacerlo a través del teléfono. Esto no es ni malo ni bueno, es simplemente curioso si te paras a pensarlo. Y no exagero, el que no haya estado sentado en la terraza de un bar con amigos sin que nadie diga una palabra porque coincide que todos “whatsappean” a la vez con otras personas que no están allí presentes, que levante la mano.