“Hamnet”

No me he confundido al escribir el título del post, he escrito “Hamnet” en lugar de “Hamlet” y eso es lo que quiero hacer, hablar un poco sobre el pequeño Hamnet Shakespeare  y contar algunas curiosidades y anécdotas que han llegado a mí sobre su famoso padre. Tampoco es casualidad que haya escogido a este escritor como fuente de inspiración para el post, para mí él es pura inspiración: porque es muy grande su obra, porque era mágico e innovador, porque luchó contra la iglesia y la censura, y porque también tenía suficiente humildad como para respetar y admirar a otros grandísimos escritores, como es el caso de nuestro Cervantes.

Antes de empezar este viaje que nadie se asuste, no pretendo analizar a Shakespeare desde un punto de vista estricto y literario (me siento completamente incapacitada para hacer algo así, yo leo y disfruto a este escritor como cualquier persona sin conocimientos puede disfrutar plenamente una lectura), ni tampoco pretendo hacer algún análisis sociológico o histórico… cuando he deslizado mis dedos sobre el teclado me han llevado a este punto al recordar lo que aprendí sobre William hace ya algunos años, cuando tuve la suerte de visitar su ciudad: Stratford Upon Avon.

La pequeña ciudad de Stratford Upon Avon está al noroeste de Oxford a una hora más o menos de coche y calculo que a casi dos de Londres. El motivo por el que escogimos visitar este lugar no es otro que poder saber un poco más sobre la ciudad donde nació, vivió gran parte de su vida y murió William Shakespeare, aunque no deja de ser una bonita ciudad típicamente inglesa que puede aportar paisajes y encuadres extraordinarios a los amantes de la fotografía (y que también es el lugar de origen de John Harvard). Pues bien,  en una de las empedradas calles del casco histórico de esta villa inglesa está ubicada la casa del viejo Will, y sin más empezaré diciendo que aquello de ver su casa por dentro me pareció un poco parque temático, a pesar de lo mucho que aprecio esa visita y de todas las cosas que pude exprimir de la experiencia, me parece un poco circense que los familiares convirtiesen la casa donde vivió William en una especie de museo abierto al público en el cual puedes llegar incluso a tocar la cunita donde dormía Shakespeare cuando era un bebé. ¿Eran aquellas las pertenencias reales de él y su familia o es un montaje para fans y turistas? Yo me inclino bastante por lo segundo, así que lo bueno que puedo sacar de allí son por encima de todo los detalles que me acercaron un poco más a la vida personal de este escritor.

William nació en una casa de la calle Henley, sus padres debían ser más o menos acomodados porque su casa gozaba de todas las comodidades posibles de la época: habitaciones independientes, chimeneas, jardines… o al menos eso es lo que a mí me parece por lo que pude ver (sólo les faltaba tener una piscina en la parte de atrás para convencerme de que aquella casa tenía de todo). Will estudió en Stratford y se casó con Anne Hathaway (hago un stop para decir que no tiene nada que ver con la actriz que todos conocemos hoy en día, aunque puede que a la Anne moderna la llamasen así en honor a la señora de Shakespeare…). Anne y William tuvieron a Susanna y al poco tiempo nacieron sus mellizos: Judith y Hamnet (es curioso el hecho que les llamasen así, ya que escogieron el nombre de un panadero y su mujer, ambos muy amigos del matrimonio Shakespeare). Y aquí comienza el verdadero despegue de William, él tenía una familia numerosa que mantener, unos padres ricos pero que tuvieron que repartir su herencia entre él y sus otros ocho hermanos y una vocación y unas ansias de gritar sus palabras al mundo de una forma irrefrenable.  Shakespeare siempre tuvo una relación especial con su hijo, tal vez por ser el varón, tal vez porque el pequeño vivía encariñado con su padre, pero pronto tuvo que distanciarse de él y de las niñas para mudarse a Londres, donde estaban el dinero, los teatros y una posibilidad de futuro para su familia a través de su carrera de escritor. El trabajo mantuvo a Shakespeare alejado de Stratford durante años, años en los que tuvo que luchar para evitar que censurasen sus obras y que la reina no cerrase los teatros (aprovecho para decir que una de las cosas más curiosas que pueden verse en el museo-casa de Shakespeare es una habitación plagada con cientos de cosas que el escritor tuvo que omitir, modificar o que directamente fueron censuradas en sus obras. Las paredes están repletas de papeles con frases que podemos leer hoy en día en sus libros y cómo fueron concebidas por William originalmente).

El pobre Hamnet murió cuando apenas tenía once años y aquello supuso un golpe del que William nunca llegó a recuperarse. ¿Nadie se ha preguntado nunca por qué William Shakespeare se ha empeñado en negar un final feliz a su público? ¿Por qué convirtió sus comedias en tragedias y nos ha torturado con las pérdidas y la muerte de los personajes? Yo creo en las teorías que defienden que William Shakespeare se convirtió en otro escritor cuando perdió a su Hamnet. Las obras que se conectan directamente con los sentimientos de William justo tras la muerte de Hamnet fueron “El rey Juan”, “Romeo y Julieta”, “Julio César” y por supuesto “Hamlet”, que parece un claro homenaje a su hijo. En “El rey Juan” podemos incluso llegar a leer estas palabras:

“La pena llena la habitación de mi hijo ausente, yace en su cama, anda conmigo arriba abajo, asume sus bellos rasgos, repite sus palabras, me recuerda sus graciosos miembros, rellena sus vacías prendas con su forma. Tengo entonces razón de amar la pena. Adiós. Si tuvieras una pérdida tal, yo te daría a ti mejor consuelo.”

William ennegreció sus obras y también su vida personal. Siempre existieron rumores sobre la tensa relación que mantenía con su mujer, y la muerte de Hamnet empeoró con creces la situación. No puedo imaginar nada más terrible que ser la señora de Shakespeare (poeta y autor de una de las obras de amor más universales) y que él te dedique de forma indirecta unas palabras como éstas:

Los ojos de mi señora no son nada como el sol,

el coral es por lejos más rojo que sus rojos labios;

si la nieve es blanca, ¿por qué entonces sus pechos son oscuros?

Si el cabello fuera alambre, negros alambres crecerían de su cabeza (…)

 

Vale, es muy posible que no estuviese hablando de ella pero… llamadme malpensada, yo veo un hachazo directo a Anne en ese fragmento.

En cualquier caso William Shakespeare terminó regresando a su Stratford natal, donde se mudó a vivir con una de sus hijas (no me preguntéis cuál de ellas), que estaba casada con un médico. Y casi sin darme cuenta hemos avanzado hasta llegar al jardín de esta casa, que también puede visitarse en la pequeña Stratford y que está incluido en el precio de la visita. Lo más curioso del jardín es la gran cantidad de plantas medicinales que crecen en él, el yerno de Shakespeare las utilizaba para elaborar las medicinas que luego administraba a sus pacientes y esto sí que es un hecho real alejado del circo para turistas que son las casas de Shakespeare y su familia, una curiosidad que me hizo sentirme mucho más cercana a toda esta historia y palparla como algo real.

A veces hay que mirar mucho más allá de lo que estamos viendo, y si lo hacemos, podemos llegar a capturar miles de pinceladas que nos acerquen a otros niveles al lugar que visitamos o a la persona que tratamos de conocer o entender. Y justamente eso es lo que me ocurrió a mí con William Shakespeare y la visita a Stratford Upon Avon.

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El hombre que mira a la luna

Nerviosa como una condenada busco un pedazo de papel de donde sea. No tengo ganas de abrir el ordenador y la información está bullendo dentro de mi cabeza, no quiero dejar que nada se me escape esta vez…

Esto no es un blog de viajes (como todo el mundo sabe) pero tengo que aconsejar que siempre que hagáis uno, preguntéis por el “Free Tour” de la ciudad o busquéis información al respecto. Esto del “Free Tour” no es más que un grupo de gente con ganas de pasar un rato divertido y diferente, gente con ganas de aprender que se reúne en algún punto determinado de la ciudad a ciertas horas, donde un voluntario con “conocimientos del terreno” te acompaña en un recorrido dinámico y original por las calles más emblemáticas del lugar. Es gratuito, así que no hay que nadie debe esperar visitas a algún museo ni nada parecido, tan solo podrás ver dónde están esos sitios “de pago” que puedan resultar interesantes para ser vistos después del tour. Si al final de la visita te has divertido, puedes dar una propina al guía que te ha mostrado el recorrido, aunque nadie se va a molestar si no lo haces, ni siquiera he visto que echen un ojo al dinero que les estás ofreciendo, estos guías tan sólo te darán una sonrisa y un saludo de despedida deseando que lo hayas pasado bien.

Aquel día estaba cansada, no habría movido ni un solo dedo para salir de casa, pero el tour por la ciudad antigua de Estocolmo había que hacerlo sí o sí. Había acumulado sentimientos amargos en esos días y no me apetecía asociarlos a la ciudad, la ciudad es bonita y acogedora y quería conseguir tener recuerdos que mereciesen la pena y que, al pensar en ese lugar, me trajesen imágenes e historias curiosas a la cabeza.

Aprendí muchísimo, y aún a riesgo de reventarle la sorpresa a cualquiera que piense visitar un día la ciudad de Estocolmo, voy a tratar de relatar esos fragmentos de historias que conseguí garabatear en un papel para no olvidarlos, así que voy a hacer un poco de guía del “Free Tour” y repetir esas historias y anécdotas que fui capaz de recordar.

El tour comenzó despacio, cerca de Sergels Torg en el mismo centro de Estocolmo. Allí mismo nos revelaron lo que ya sabíamos: que las galerías del metro de Estocolmo representan uno de los mayores museos de arte moderno al aire libre del mundo. Yo del metro la verdad, me quedo con la parada de “Hallonbergen”, simplemente por las risas que podré haber pasado pronunciado esa palabra con acento sueco y también por su significado: “Campo de fresas”. Respecto a lo del arte moderno… bueno, es difícil de comprender, algunas paredes están llenas de garabatos, otras tienen un barco vikingo metido en una vitrina y otras simplemente rocas o salientes sobre la pared. Seguramente los que hayan leído la trilogía de “Millenium” encontrarán interesante el metro y podrán poner forma, luz y color a muchas escenas que hayan vivido junto a los protagonistas de estas historias.

Al iniciar el paseo junto al banco más antiguo de Estocolmo descubrimos que pretenden sustituir al señor viejo que aparece en el billete de cien coronas por una foto de Greta Garbo, y yo casi lo prefiero, al menos el nombre de ella es mucho más conocido que el del señor mayor, que incluso he olvidado.

El paseo por las calles de Gamla Stan nos llevan al Palacio Real y sus historias de fantasmas. Cualquiera puede ver el cambio de guardia y leer historias sobre los arquitectos que han modificado el palacio, pero saber la historia de “The White Lady” es para mí una información mucho más valiosa (y escalofriante). Dicen las leyendas que cada vez que se aparece el fantasma de “The White Lady” en los corredores o en los tejados del palacio, es símbolo de que un miembro de la familia real va a morir. Un soldado comentó cómo un escalofrío le había recorrido la espalda y le había helado la sangre antes de descubrir la figura de una mujer vestida de blanco caminando cerca de uno de los balcones en los que él mantenía la guardia. Esa misma noche moriría la reina Margarita… ¿coincidencia? Yo no lo sé, pero casi prefiero no averiguarlo y dejar que los valientes que persiguen a los fantasmas se aventuren en otro de los tours más famosos de Estocolmo: la visita nocturna al palacio real usando un candelabro o candil para iluminar el camino.

Caminando por los puentes que cruzan la ciudad echamos un ojo al edificio rojo, cuya cúspide muestra las tres coronas doradas símbolo de Estocolmo. En aquel lugar se entregan los premios Nobel (menos el de la Paz, que se entrega en Oslo). ¿Y por qué se entregan allí los premios? Porque Alfred Nobel era un sueco que decidió premiar a las grandes mentes privilegiadas… aunque no lo hizo de forma equitativa. Hay una oscura historia de celos y desamor detrás de este inventor y químico sueco, que se negó a crear un premio Nobel de Matemáticas. La razón es que él siempre amó a una mujer que no le correspondía y que curiosamente, estaba casada con un matemático. Así que Nobel se dedicó a jugar con explosivos y a volver la cara de la comunidad científica a los matemáticos. Seré retorcida, pero yo creo que incluso ideó los premios por puros celos y venganza (esto sí es 100% personal, cada cual que tenga su propia teoría…).

No voy a hablar de vikingos en Estocolmo… bueno un poco. Los romanos nunca conquistaron las tierras escandinavas, tenían dificultades para adaptarse al clima y las condiciones de vida de estas latitudes (no me puedo ni imaginar por qué se sintieron así…), así que las evidencias que existen sobre los vikingos son muy reducidas y la mayoría son invenciones y distorsiones históricas. Lo que más clama al cielo es que los vikingos nunca pusieron cuernos en sus yelmos (lo sé, acabo de terminar con la infancia de muchos de vosotros además de chafaros esa imagen tan genial que tienen los vikingos). El único resto vikingo que encontraréis en las calles de Estocolmo es una piedra vieja con unas runas muy antiguas. Podréis acariciarla y pensar que estáis tocando un pedazo de historia.

En el recorrido por las retorcidas y empedradas calles medievales de la ciudad antigua, podréis ver una hermosa plaza con casas pintadas de colores… lugar empleado durante la Edad Media por Christian de Dinamarca (apodado “el cruel” por los suecos) para hacer ejecuciones (mi fantasía y sensación de relax al traste con esta información, casi puedo oír las cabezas rodando por el suelo mientras la muchedumbre se agolpa alrededor del verdugo). Callejeando también puede verse una estatua de “St. George slaying the Dragon”, que es una réplica exacta a la versión “de pago” que hay en la catedral de Estocolmo y que llama la atención por su expresividad.

Miles y miles de anécdotas más se apelotonan en mi cabeza con cada paso… la historia del Wasa, un famoso barco que fue creado con todos los lujos y que naufragó por exceso de peso a la media hora de zarpar (y no fue culpa de un iceberg, sólo de una mala ingeniería: el exceso de peso y el agua que entró a mansalva por los ojos de los cañones)… pero de entre los vikingos, barcos de leyenda y los dragones, yo me quedo con un detalle de todo el recorrido: el hombre que mira a la luna.

La escultura de “El hombre que mira a la luna” es la más pequeña de toda la ciudad, apenas medirá unos centímetros. Este hombrecito está escondido en un pequeño patio en medio del entresijo de calles que componen el casco histórico. Al verle, te das cuenta de que el hombre no es un hombre, sino un niño que mira con curiosidad hacia el cielo y que hace que se te dibuje una sonrisa en la cara casi por arte de magia. Los suecos saben muy bien esto, y se preocupan por su niño escondido abrigándole con mini-bufandas y gorritos cuando llega el invierno. Además, dicen que si le dejas algún regalo y le acaricias la cabeza para despedirte de él, el niño te concederá un deseo, así que no hay que dejar pasar la oportunidad de hacerle compañía por un momento y soñar junto a él. Y como niño que es, cualquier cosa vale como regalo, sobre todo los dulces y el chocolate.

Con la cabeza llena de historias anoto en el pedazo de papel los recuerdos que sí me voy a llevar de esta ciudad llena de vikingos, dragones, niños soñadores, barcos hundidos… y fantasmas.

*

Nota: Todas las fotos son mías, como no podía ser de otra manera 🙂

Esta foto la dejo de propina para que L vea las fachadas de colores donde ejecutaban al personal 😛