Síndrome de Estocolmo

–         Bueno, y aquí lo tenéis. – dijo la chica deteniendo al grupo entero. Todos miramos sorprendidos sin ver nada aparentemente extraordinario: una calle normal, comercios normales… No había rastros de arte urbano o de edificios históricos que provocasen un “stop” en el recorrido turístico. –          Aquí, en esta sucursal es donde se originó “el síndrome de Estocolmo”, donde cuatro rehenes fueron retenidos durante seis días por dos atracadores. ¿El rescate que pedían? Cuatro millones de coronas, dos armas y un coche… ni más ni menos. Kristin le había visto cruzar la sala a toda velocidad. Comprobó que todos seguían ocultos y agachados tras el falso muro que componían las cajas de seguridad y dejó a Clarck a cargo de la vigilancia. Después de casi una hora todo parecía haber vuelto a la normalidad y la tensión que todos habían vivido se diluyó casi por completo. Volvían a conversar y Clarck repartía algo de comer mientras canturreaba “Killing me Softly”. Las primeras veces había sentido aquella canción como una burla aborrecible pero ya todos se reían cuando volvía a cantarla. Era gracioso y tranquilizador oír su ruda voz desafinando algunas notas de forma infantil. Se levantó despacio, cuando las sombras alargadas de la tarde-noche ya cubrían gran parte de la oficina. Clarck la miró e hizo un instintivo gesto con la cabeza, dándole permiso de forma invisible para ir al baño. Tal y como esperaba Jan-Erik se encontraba allí, tirado en el suelo con la espalda pegada a la pared del estrecho pasillo. Sabía que ella estaba allí pero no hizo ningún movimiento, simplemente permitió que se le acercase mientras continuaba sujetándose la cabeza con ambas manos. Parecía derrotado y cansado, y Kristin se agachó para sentarse a su lado antes de comenzar a hablarle con extremada suavidad. –          Erik… ¿estás bien? Él se echó a reír y agitó la cabeza antes de volverse para mirarla. –          Sólo mi madre me llama Erik, ¿sabes? –          He oído que Clarck te llamaba así un par de veces… es bonito. Mucho más que “Janne”. –          Lo de “Janne” me lo pusieron estando en la cárcel – respondió él con aire sombrío. –          Razón de más para llamarte Erik entonces. Dime, ¿qué ha pasado antes? –          No quiero asustarte con todo esto Kristin, es mejor que vuelvas con los demás. –          Si no me lo cuentas entonces sí que me vas a asustar. No te había visto así hasta ahora. –dijo ella, con la voz algo temblorosa. –          La policía amenaza con llenar de gas el banco. –          ¿Qué? ¿cómo que…? – se alarmó ella, llevándose una mano a la boca. –          Espera… déjame que lo explique – dijo Erik, tratando de calmarla- Yo esperaba que empezasen con las amenazas, era sólo cuestión de tiempo. Kristin no dijo nada, simplemente apartó la mirada y trató de esconder sus temores. Él le agarró la mano con fuerza mientras le pasaba los dedos por la mejilla. Había algo prohibido y enfermizo en todas las concesiones que le estaba haciendo a aquel hombre, pero no podía dejar de verse tentada por sus gestos de cariño ni por la protección que le ofrecía su presencia. Los primeros días la sensación era mucho más confusa, pero ya se dejaba llevar por el carisma de Jan-Erik sin prohibírselo a sí misma. –          La policía sólo quiere meter miedo. Te prometo que no te va a pasar nada, ni a ti ni a ninguno de los demás. No lo permitiré – susurró él. –          Lo sé, es sólo que estaba un poco asustada… como tardabas en venir he pensado que te habría ocurrido algo… – respondió ella, vencida por su cercanía mientras volvía a mirarle a los ojos. Él soltó sus manos y miró a la pared que tenían enfrente, aunque sus ojos realmente se perdían en la marea de pensamientos que le asaltaban. –          Todo esto es culpa mía. Un día empiezas con estas historias y ya no puedes pararlo. Una estupidez te lleva a otra y de repente le debes pasta a tus amigos, a tu familia… le fallas todos los que te importan de verdad. Y yo lo único que quería era ayudar, aunque ya nadie me crea siempre he querido lo mejor para todos. Me he sentido… atrapado, como si un tipo me apuntase directamente a la cara con un revólver… Ella asintió sin terminar de entenderle, aunque estaba demasiado abrumada por su confesión como para decírselo. –          Y realmente todos te apuntan a la cara, puede que no con un arma, pero sí con el dedo. Ya sólo soy el que ha estado en la cárcel, el criminal… pero no soy un criminal, sólo soy un gilipollas sin imaginación ni talento para hacer algo mejor. – miró a Kristin y sonrió – De todas formas ya he renunciado a cambiar mi reputación, me da igual. –          No digas eso, si te conociesen de verdad cambiarían de opinión. Seguro que descubren que aún te quieren. Y tus padres… –          ¿Mis padres? Jamás me perdonaré haber defraudado a mi madre. Espero que los de la tele no le estén dando demasiada publicidad a todo esto, me destrozaría que ella estuviese preocupada por mis estupideces. Pero mi padre… – dijo él haciendo hincapié en las palabras – Él no es parte de mi vida y es una de las pocas cosas de las que me siento orgulloso. Cuando apenas era un niño me miró y me dijo que era un milagro que estuviese en este mundo, que podía dar gracias porque él había sido un blando. Me alegré el día que se largó. –          Yo… no tenía ni idea… debiste sufrir mucho – dijo Kristin, creyendo intuir el peso de los recuerdos en los ojos de Jan-Erik. –          Para nada. Él siempre decía que yo era “un condón roto” y que sólo por eso se había mantenido al lado de mi madre. Mejor que se largase, ¿no crees? –          No sé. Él sonrió en silencio y volvió a acariciarle la cara. –          Me haces sentir mejor Kristin, mucho mejor. Hace unos minutos estaba hundido pero ahora… gracias. –          De nada. –          Jamás permitiré que os hagan daño – repitió él, mientras dibujaba el contorno de sus mejillas con el dedo. –          ¡Janne! Ambos se sobresaltaron ante la llamada de Clarck al otro lado de la habitación, cerca de la cámara acorazada. Se pusieron en pie y salieron de allí, dispuestos a averiguar qué estaba ocurriendo.   –          Kristin Ehnmark se resisitió incluso a testificar en contra de sus secuestradores, y afirmaba sentirse “más segura” con ellos que con la policía – continuó nuestra guía, mientras todos observábamos la sucursal del Kreditbanken con renovada curiosidad – Uno de los secuestrados fue padrino de los hijos de uno de los secuestradores y existe el rumor de que un fotógrafo captó a una mujer en el instante en el que se besaba con uno de los delincuentes. De golpe aquella calle normal llena de establecimientos normales nos pareció fascinante. La guía concedió algunos segundos a nuestra imaginación y después reanudó el paso para continuar con el recorrido.

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Edito la entrada con una foto de la esquina de  la calle Norrmalmstorg en la actualidad 🙂 Es una de las calles más caras de la ciudad…