Comprendiendo cosas

En Suecia hay dos estaciones: el invierno blanco y el invierno verde. Por lo visto eso dijo un poeta sueco una vez, aunque no he conseguido averiguar quién era exactamente ese poeta. Me quedé encantada con esa descripción la primera vez que la oí, porque no creo que pueda haber una definición más acertada del clima sueco. Apenas si ha existido una mañana en la que el aire frío no me rasgase la piel de la cara al salir a la calle y hasta hace bien poco he conseguido dejar los guantes en casa para que no se me helasen las manos. Si al invierno verde le sumo un sol que asoma pasadas las cuatro de la mañana (apuntando con precisión a mi cara a través de las rendijas de las persianas, menuda puntería tiene para eso el muy jodido) y tarda cerca de dos horas en ponerse por completo más allá de las diez de la noche, me doy cuenta de que me encuentro en uno de los lugares más peculiares en los que jamás había estado.

Al principio cuesta trabajo entender al invierno verde. Una mañana puede amanecer radiante, casi cálida alrededor de las ocho de la mañana, volverse gris y lluviosa a media tarde y congelar las gotas de lluvia para transformarlas en aguanieve caída ya la noche. A pesar de los cambios permanentes y del frío, he aprendido a encontrar algo muy especial en el invierno verde. Puedo correr en la tarde noche y disfrutar del aire frío reavivando la respiración e incluso estimulando los músculos durante la carrera. Mientras, el sol no termina de ponerse nunca detrás del horizonte marcado por las aguas del lago. Puedo correr bajo la lluvia y disfrutar con el olor de la tierra mojada y del sonido de las gotas en las hojas de los árboles. Hay una naturaleza diferente y fantástica en el invierno verde.

–          ¿Qué llevas ahí?

–          Mira – dije, abriendo la bolsa de la compra para mostrar su contenido.

–          ¿Velas?

–          Claro tía. ¿Es que no has visto que los suecos lo tienen todo lleno de velas en todos sitios? He comprado estas dos velas grandes para encenderlas en mi piso.

Resultaron ser unas “velas de exterior” y casi nos chamuscamos las cejas con la llamarada que metieron al encenderlas en casa. Si los suecos llenan restaurantes, tiendas y casas con velas es por culpa del otro invierno, el invierno blanco. Durante el invierno blanco reina la oscuridad y las velas sirven para dar calidez al ambiente al tiempo que se ahorra mucha energía. Y por fin nos dimos cuenta de uno de los grandes misterios que hay aquí: el motivo por el cual la mayor parte de casas no tiene persianas o cortinas o algo que sirva para ocultar el interior de las casas. Durante el invierno blanco la gente se refugia en casa y apenas si puede aprovechar las pocas horas de sol que hay para salir a la calle. En una ciudad con pocos habitantes que permanecen gran parte del día sin pisar las calles hay que buscar algún invento para que la ciudad siga pareciendo “viva” y eso se consigue a través de la luz y del movimiento que se deja ver a través de las ventanas iluminadas. Yo me imagino a mí misma caminando por una calle silenciosa y oscura en la que todas las ventanas están cerradas a cal y canto, y lo mínimo que se me pasa por la cabeza es que puede aparecer un fantasma (o algo incluso peor) para darme  el susto de mi vida. Creo que hay un componente psicológico muy importante en dejar ver que, a pesar de la oscuridad del invierno blanco, sigue habiendo vida tras los muros de las casas.

–          He visto a mis vecinos andando de un lado a otro de la habitación sin camiseta.

–          ¿Ah sí? ¿Estabas espiando o qué? – insinué con una media sonrisa.

–          No, pero es que aunque no quiera mirar los veo… y les da igual, aquí se ve todo.

Efectivamente se ve todo, y a nosotros nos choca mucho, pero es porque no hemos llegado a entender que si las ventanas están abiertas al exterior no es por gusto (o por falta de gusto), sino para mostrar que sigue habiendo gente habitando la ciudad.

Al menos he conseguido comprender uno de los misterios de Suecia. Y aún quedan muchas cosas más que comprender…

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En otro mundo

El otro día tuve una revelación de lo más tonta. Es un pensamiento como cualquier otro, pero me ha dado por plasmarlo y aquí está. Estaba sentada en un banco frente a las vías, esperando que llegase el metro cuando me dio por pensar en… mejor lo cuento.

La estación era casi fantasmal a esa hora, tan solo había algunas personas merodeando en el lugar, algunos sentados y otros de pie, paseando impacientes cerca de las vías. Yo estaba sola, comprobaba el tiempo restante para que llegase el metro en el marcador digital cuando una chica llegó caminando con acelero. También miró el marcador y luego las vías, para finalmente decidir sentarse en el mismo banco en el que yo estaba. Se quitó la mochila para poder acomodarse en el asiento mientras calmaba su respiración, agitada por la carrera. Entonces reparó en mí, y yo también la miré a ella. Y así fue como me di cuenta de cómo están las cosas. La chica retiró la vista rápidamente para rebuscar algo en su mochila, y al poco jugueteaba a arrastrar el dedo por la pantalla de su teléfono móvil, totalmente concentrada y abstraída de cuanto le rodeaba. La conclusión que saqué en ese instante fue la siguiente: las personas utilizamos el móvil para que no parezca que estamos solas y así escudarnos detrás de estos chismes.

Lo cierto es que me da la risa al pensarlo, porque este tipo de cosas pueden ocurrir y ocurren aquí, allí… en cualquier parte del mundo. Si estás esperando el autobús bajo el tejadillo de plástico de la parada y alguien más llega seguro que saca el móvil, hace una llamada, manda un mensaje o ¿quién sabe? Le cambia el formato a la fecha del calendario aparentando que tiene algo importante que atender… No es que yo no haya hecho cientos de veces lo de mirar el móvil cuando estoy sola, es que nuestro comportamiento al respecto roza la comedia. Es cierto que sirve para matar el tiempo mientras esperas con paciencia en una cola para recoger unas entradas o para entrar al probador de una tienda, pero últimamente veo que la dependencia es casi excesiva, apenas pasan unos segundos desde que nos sentimos solos hasta que sacamos el aparato para jugar a estar ocupados en algo que no sean nuestro propios pensamientos. Si hay algún desconocido en la escena, el efecto es incluso más inmediato y yo creo que ya no es para no sentirnos solos y aburridos, sino para que el otro no piense que realmente lo estamos.

Decidí no hacer nada cuando subí al metro. No iba a leer, ni a escuchar música, ni a jugar con mi móvil. Había decidido mirar a los demás, a la ventana, al suelo… sencillamente eso. A mi alrededor cada cual estaba encapsulado en su mundo individual, la gran mayoría desplazando el dedo sistemáticamente por sus terminales como si se hubiesen puesto de acuerdo para hacerlo a la vez. Si alguien subía al vagón rápidamente buscaba su móvil en el bolso o en el bolsillo, incluso antes de haberse acomodado bien en el asiento ya tenía el aparato en las manos. Y ¿qué queréis que os diga? Si lo observas con atención, resulta muy sorprendente y hasta gracioso.

Cerrar nuestro mundo en estos aparatos nos está convirtiendo en otro tipo de personas, no digo que mejores ni peores, sino diferentes. Sé de un amigo que discutió con su novia cuando ella se compró un Smart-phone de última generación.

–          Estoy hasta los huevos de esta niña… – me dijo con frustración.

–          ¿Y eso? – pregunté aguantando una risa, al ver que él agitaba el teléfono en la mano.

–          Pues nada, que desde que los dos tenemos “Whatsapp” la vida es una discusión permanente. Si no le mando un mensaje nada más levantarme es que no me acuerdo de ella por las mañanas, si no le mando uno cuando voy a comer es porque me da igual lo que esté haciendo ella, si una noche estoy cansado y no le digo buenas noches ochenta veces por el “Whatsapp” es que no la quiero…

–          ¿Y no la llamas para decírselo o qué?

–          ¿El qué? – preguntó él, guardándose el móvil en el bolsillo.

–          Pues que la quieres, o que pase buena noche…

–          …No. Ya apenas hablamos por el móvil. Lo que es hablar, quiero decir…

–          Vaya.

–          Pero es porque tengo que estar todo el día con los mensajes – dijo, tratando de defenderse. Yo apenas insinué nada, pero él sintió la necesidad de excusarse ante mí – Si no le mando un mensaje no quiere decir que no me acuerde de ella.

–          Yo prefiero escuchar la voz de las personas una sola vez al día que estar así, con ese sinvivir y esa adicción. Es cuestión de gustos supongo.

–          Supongo que sí – reconoció.

–          Es un estrés añadido tío, un motivo más para rallarse por estupideces…  – dije, quitando hierro al asunto.

–          Pero una vez que empiezas con esto, ya no puedes parar.

Y así es. Una vez entras en este círculo no puedes vivir sin eso. El teléfono es lo primero que miramos al despertar y lo último que dejamos en la mesilla antes de dormir. En la calle ya no sabemos comportarnos si no lo llevamos encima, y hemos dejado de hablar entre nosotros para hacerlo a través del teléfono. Esto no es ni malo ni bueno, es simplemente curioso si te paras a pensarlo. Y no exagero, el que no haya estado sentado en la terraza de un bar con amigos sin que nadie diga una palabra porque coincide que todos “whatsappean” a la vez con otras personas que no están allí presentes, que levante la mano.