Las colinas de Roma – Parte II

–          Tenía que haberte invitado a venir aquí conmigo mucho antes…

–          No importa – dije restando importancia a sus palabras, aunque aún parecía tener ganas de seguir disculpándose.

–          No, no, no… Has estado aquí tantas veces y yo… es que soy tonto. No sé por qué tengo estas tonterías.

–          No hace falta que te pongas así contigo, de verdad. Yo estoy muy contenta de que al final hayamos salido – dije sonriendo, aunque él aún tenía el ceño fruncido y parecía seguir con el auto-reproche, por lo que caminamos algunos metros más en silencio.

En mi habitación hacía demasiado calor. Desde que llegase por la tarde había intentado ajustar el termostato sin éxito, y cuando llamé pidiendo ayuda me dijeron que el edificio completo regulaba la temperatura, que no podían hacer mucho más. La mayor parte de las noches había tenido que dormir destapada y en pijama de verano, eso a pesar de que los días del otoño romano se acortaban para dar la bienvenida al invierno. Los días se habían pasado volando y por fin se acercaba el fin de semana, momento en el que volvería a dejar Roma, esta vez para no regresar. Él aprovechó el café del mediodía para decirme que se pasaría a recogerme por la noche para ir al Trastevere. Utilizó tal sutilidad y secretismo para invitarme a salir que casi me ahogo con el café al tratar de contener la risa, cosa que le puso aún más nervioso.

A la hora acordada apareció con su pequeño coche biplaza, no apto para largos trayectos pero perfecto para meterse en el mismo casco histórico de la ciudad. Me subí rápido, aquel barrio que era soleado y transitado por el día, pero de noche se convertía curiosamente en uno de esos sitios que suelen rondar chicas “de compañía”. Precisamente esa fue la primera broma que me gastó él en cuanto me subí al coche.

–          Parece que vengo buscando algo, ¿no? – dijo mientras yo subía al asiento del copiloto y cerraba la puerta.

–          Y lo has encontrado – respondí soltando una carcajada – espero que no te haya visto nadie acercándote a esta zona o tu reputación va a ser un desastre.

–          Bah, bah, bah… mi reputación es ya un desastre, che cazzo – dijo haciendo aspavientos y uniendo los índices con los pulgares al más puro estilo italiano.

Nos pusimos en marcha, con la radio del coche encendida y sintonizada en alguna emisora de noticias. La conversación era un tanto forzada al principio, siguiendo los tópicos: “qué buen día hace hoy”, “parece que no hace tanto frío”, “me gusta salir los viernes porque aunque haya trabajado luego está todo el fin de semana por delante…”, etcétera.

–          ¡Ah! – exclamó cuando ya habíamos atravesado la zona que delimita el casco histórico de Roma – ¿has visto el Coliseo por la noche?

–          Es lo primero que vi la primera vez que llegué a Roma, ¿no te acuerdas que te lo conté?

–          Ya, ya… pero yo quiero enseñártelo – insistió.

–          Bueno vale, como quieras.

Dimos una vuelta con el coche alrededor del Coliseo, que se alzaba solitario e imponente, iluminado por unos focos anarajados.

–          ¿Sabes por qué faltan trozos de piedra en el Coliseo? – preguntó con seriedad.

–          No, no lo sé… pienso que es por problemas de conservación, ¿no?

–          No. Es porque los nobles de Roma se llevaron las piedras para hacerse sus mansiones. Siempre igual…

A pesar de la triste historia de la degradación del Coliseo, seguimos conversando animadamente y él salió de la zona para ir con el coche al Trastevere, donde aparcamos con fortuna en un parking reservado para motos. Y allí estábamos, dando vueltas por las callejuelas medievales y empedradas del Trastevere romano mientras él se reprochaba el no haberme invitado a salir antes.

–          Te voy a enseñar una cosa que te va a gustar… pero antes quería enseñarte otra cosa, ¿te importa caminar?

–          No, no me importa.

–          Si tienes frío puedes arrimarte a mi chaqueta, me la compré en Milán. Está forrada y da bastante calor.

Tuve que soltar una risa, el exceso de caballerosidad que tienen los italianos me resulta dulce y descojonante a partes iguales… aunque al final sí que me arrimé a su chaqueta.

Fuimos caminando por calles estrechas que desembocaban en pequeñas plazas, casi todas con alguna fuente, caminamos por la orilla del río, visitamos la Piazza Campo di’Fiori (tan transitada por la noche como lo es por el día, cuando despliegan el mercadillo de flores) y al final terminamos en una plaza que (a pesar de ser muy famosa), curiosamente yo no había pisado nunca.

–          Este sitio me suena un montón – dije, mirando una fuente con aguas verdosas que se reflejaban en estatuas gigantescas.

–          Claro, es Piazza Navona.

–          Ya lo has dicho antes, pero no sé, me suena de haberlo visto en otro sitio…

–          Igual lo has visto en el cine. Es la Piazza que sale en la película de “Ángeles y Demonios”

Ese era el lugar donde la había visto, la plaza donde casi se ahoga un papa hasta que Tom Hanks se lanza al agua en su rescate. Echamos algunas fotos y después deshicimos todo el camino para volver al Trastevere, cruzando el río. Él eligió un bar tranquilo, donde servían cóckteles y algunos aperitivos, al más puro estilo italiano. Escogí el cócktail que me pareció más estrambótico y comenzamos a conversar sobre mil y una cosas.

Después de un rato, la conversación perdió toda la superficialidad y todas las intenciones y por fin conseguí ver un poco a la persona real que había sentada junto a mí. Supongo que a todos nos ocurre lo mismo, siempre hay una fachada que termina derrumbándose para mostrar quienes somos de corazón, y cuando eso ocurre, siempre es especial.

–          Lo estoy pasando fatal, me he peleado con mi mejor amigo – confesó, mientras trataba de pelar un fruto seco para llevárselo a la boca.

–          No fastidies, ¿por qué? – a pesar de que anticipaba una conversación seria, estaba contenta de ver que él decidiese contarme por fin algo realmente personal.

–          Es una historia muy larga… pero bueno, es sobre todo porque dice que ya no salgo tanto con él como lo hacía antes.

–          A veces es que es difícil mantener el contacto con los amigos, cada uno tiene su vida y puede ser complicado.

–          Ya. Pero no es eso – continuó él – Es que yo le doy excusas un poco tontas. Pero la realidad es que no me puedo permitir salir con él y con otros amigos como antes, no económicamente hablando.

–          ¿En serio? ¿Qué cosas hacías con tu amigo? ¿Irte a esquiar a Suiza? – pregunté en broma, para quitar un poco de hierro al asunto. Lo peor es que él casi asintió ante lo que dije.

–          La verdad es que en Suiza no hemos estado – dijo riendo levemente – pero sí que íbamos a sitios muy exclusivos y bastante caros. No es que yo no quiera ser su amigo, es que no puedo permitirme hacer las mismas cosas que él hace… Y trato de explicárselo, pero él no lo entiende y resulta muy complicado seguir quedando. Dice que son excusas para alejarme y… en fin.

–          Pues qué falta de comprensión para ser tu mejor amigo, ¿no? Yo creo que si realmente valora tu amistad tendrá que terminar comprendiéndolo.

–          Es más complicado que eso… Yo antes tenía mucho dinero.

Entonces guardé silencio para escucharle con atención, parecía que su problema ocultaba otro algo mayor.

–          La familia de mi madre era bastante rica y le dejaron mucha herencia – prosiguió él – Teníamos una casa aquí, otra allí, otra en la playa… En fin, que teníamos mucho dinero, y por aquel entonces fue cuando conocí a mi amigo.

–          Y… ¿qué pasó?

–          Mi padre se fue y se lo llevó todo. No me mires así, a veces esas cosas pasan de verdad – dijo, mientras bebía otro trago pequeño – Pero que me da igual, no intento darte lástima ni nada, eh?

–          Pues algo de pena me da que tu padre se fuese y os dejase así.

–          Es un capullo, y me importa una mierda que lo hiciese. Se llevó todo y nos dejó a mi madre y a mí sin nada, yo tenía quince años o así. Al principio sí teníamos dinero aunque él no estuviese, pero luego ya nos quedamos hasta sin las casas. Mi madre vive en un piso pequeñito al lado del mío, y no te pienses que no estamos felices, estamos mejor así con problemas para llegar a fin de mes, que con él.

–          Lo siento mucho, de verdad, ningún niño debería quedarse sin su padre y menos con esa edad. Pero por desgracia supongo que hay personas que valoran más el dinero que otra cosa en la vida.

–          Ya. Lo último que supe de él es que estaba en Brasil o por ahí, pero de eso hace años. En fin. Que no somos ricos y no podemos irnos a esquiar a Suiza – bromeó él, casi concluyendo la confesión que me había hecho.

–          ¿Tu amigo sabe esto?

–          Sí… claro que lo sabe. Pero no lo entiende, yo creo que hay gente con tanto dinero que no entienden que a otros les cueste llegar a donde están ellos.

–          Bueno, yo confío en que lo vas a arreglar con él.

–          Y si no, me buscaré otros amigos…

–          ¡Eso!

Después del aperitivo volvimos a salir para coger el coche y tras dar unas vueltas, ascendimos por una cuesta empinada. Al final llegamos a un mirador sin iluminación, o más bien, lo único que iluminaba el lugar eran las luces de la ciudad de Roma, extendiéndose a los pies de aquella colina. ¿Sería una de las colinas romanas? Una estatua de Garibaldi se alzaba en el centro del mirador, aunque con la oscuridad era casi imposible distinguirle.  Ambos caminamos juntos y en silencio para acercarnos al borde del mirador y dejar que el viento helado de la noche nos rasgase las mejillas, disfrutando de aquel momento. Sin duda aquella era una de las vistas más bonitas de Roma.

[Nota: No tengo fotos a mano esta vez… pero re-editaré la entrada para añadir alguna foto del escenario en cuestión :)]