Las colinas de Roma – Parte I

[Nota: Antes de empezar con la nueva entrada del blog, quería decir que no iba a escribir nada sobre Roma (aún), pero me consta que hay unas personillas por ahí que van a viajar a Roma en estos días y he decidido adelantar los acontecimientos 🙂 Otra pequeña aclaración que quiero hacer es que he escrito dos entradas sobre Roma y hoy os dejo la primera].

Después de un frenazo llegó otro más fuerte. La salida del parking ya fue bastante acojonante, pero fue al llegar al semáforo cuando me di cuenta de la locura que había cometido al subirme con ella al coche.

“Vero, te voy a llevar a un sitio donde los turistas no van tanto…” me había dicho. Y claro, la cabeza se me llenó de fantasías e ilusiones de lugares increíbles que aún no había pisado y accedí de muy buena gana. Era la segunda vez que visitaba Roma y mis ojos ya se habían posado en todos los lugares más míticos: el Panteón, Piazza Venezia, Colosseo, Foro Imperiale, Fontana di Trevi… Tenía especial interés por explorar cada rincón de la ciudad que pudiese haber escapado a mi alcance.

–          Mira, ahí está “Piramide”, vamos a dar una vuelta. – me dijo mi compañera y amiga romana.

Y efectivamente ahí estaba la pirámide, oscura y extraña a las puertas de la parte amurallada de la ciudad de Roma. Apenas si pude observarla porque con un volantazo espectacular empezamos a dar vueltas por los alrededores.

–          Mira Vero, y ahí hay unos antiguos baños romanos. ¡Mamma mía! Lo bien que vivían los romanos en esa época, todo el día tumbados, dándose masajes, bebiendo, disfrutando de la vida…

Y tras esas palabras llegó otro frenazo en seco cerca de una especie de rotonda diminuta… del miedo vi pasar mi vida ante mis ojos como en una película (cine español…). Los baños romanos vistos desde el exterior  eran como un amasijo de ladrillos rojizos, la vista no era demasiado interesante desde el coche, pero ya tendría tiempo de dar una vuelta más en detalle.

–          Oye, ¿estás segura de que puedes conducir? – pregunté con un hilo de voz.

–          ¡Claro que sí! ¡No tengas miedo Vero, yo conduzco desde hace mucho!

–          Ya, pero tu vista…

Mi amiga tenía una enfermedad degenerativa en la vista. A veces no era capaz de ver si aún le quedaba pasta en el plato y yo decidí subirme en el coche con ella, tal vez la opción de enganchar dos autobuses para llegar al sitio no estaba tan mal del todo.

–          Bah, bah, bah… Yo conduzco de memoria. He hecho tantas veces este camino que no necesito ver del todo.

O sea, que tal y como había sospechado veía menos que un gato de escayola… Después de dar algunas vueltas más al fin se apartó de la vía principal y encendiendo las luces de emergencia me dijo que aquel era el lugar al que debía ir.

–          Recuerda Vero, tienes que mirar por el ojo de la cerradura.

–          Sí. Muchas gracias…

–          De nada, espero que disfrutes.

–          Gracias.

–          ¡Ten cuidado a la vuelta!

Vi cómo se alejaba el coche y comencé a subir una empinada cuesta tal y como mi amiga me había indicado. Había pinos y un olor fresco a tierra y verde que era diferente al olor artificial de la polución de la ciudad. Tras un breve y agradable paseo pisoteando las hojas secas y húmedas que el otoño había arrancado a los árboles al fin llegué al lugar que había buscado: el ojo de la cerradura de Roma.

Curiosamente no había nadie por los alrededores, así que sin más acerqué la cara a la puerta y espié a través del ojo de la cerradura. La visión era la de un pasillo cubierto de hiedra que mostraba al fondo, como si fuese el marco de una foto, la cúpula de San Pedro del Vaticano. Esa es la vista que se tiene mirando a través del ojo de la cerradura de una puerta en la Piazza dei Cavalieri di Malta. Lo sorprendente del aquel sitio tan particular es que al estar allí, te encuentras en tres países al mismo tiempo: El Vaticano (al fondo), Malta (en el centro) e Italia (donde estás pisando).

Tras observar cómo caía el sol sobre el Vaticano, continué el paseo en dirección a un mirador que había en los alrededores. Roma fue fundada sobre siete colinas, puede que aquella elevación se correspondiese a una de ellas, en realidad yo no tenía ni idea de eso, pero ya fuese una de las colinas o no, la vista hizo que mereciese mucho la pena el trayecto suicida en coche.

En las zonas próximas a la puerta encontré a más turistas y a alguna gente que simplemente había salido a disfrutar de un paseo al aire libre. La verdad es que era un momento ideal: la tarde era fresca y tranquila, y el viento aún arrastraba la humedad de los últimos días, que habían sido bastante lluviosos. Sintiendo aún más ganas de curiosear, topé con un patio lleno de naranjos, donde había otro mirador. Allí encontré a una chica con una réflex, haciendo fotografías a una estatua que inicialmente me había pasado desapercibida cuando entré allí. Debí mirar con demasiado descaro porque la chica se dio cuenta de que estaba observándola.

–          ¿Sabes quién es? – me preguntó en italiano, sin despegar el ojo de su objetivo.

–          No…

–          Santa Giovanna di Arco.

No sé por qué, pero me pareció precioso que hubiese una figura de Juana de Arco en medio de aquel patio plagado de naranjos. Aquella estatua no tenía ni comparación con la grandiosidad y espectacularidad de otras construcciones y estatuas que había visto en la ciudad, pero por algún motivo me pareció muy especial. Al fin la chica se giró para mirarme.

–          ¿Quieres que te eche una foto?

–          Vale – accedí.

Después ambas caminamos hacia el mirador, uniéndonos a otros turistas que al igual que yo, habían cruzado el patio sin ver a Juana.

–          Dicen que cuando quemaron a Santa Giovanna di Arco, las llamas podían verse incluso desde aquí. Un símbolo de la furia de Dios – me dijo la chica.

Observé los techos de la ciudad de Roma y casi pude imaginar una columna de humo blanco, zigzagueando siniestramente en el cielo. Me encantó aquel pequeño descubrimiento y aquel paseo… y mi amiga italiana tenía razón: no era el típico paseo por la ciudad de Roma.

Montañas

 

Llevaba tanto rato esperando el embarque que decidí sentarme en el suelo. Después de ir al baño una señora mayor con unos dos millones de bolsas había ocupado un asiento y el de al lado (donde yo me había sentado antes) y ya no quedaban sitios libres en las proximidades de la puerta que correspondía a mi vuelo.

Durante un rato maté el tiempo entreteniéndome con los pies de los pasajeros, que caminaban de un lado a otro de la terminal sin cesar. Es divertido jugar a adivinar a qué tipo de persona corresponden unos pies, porque el resultado puede ser de lo más sorprendente: desde un señor mayor con unas Nike último modelo, como alguien que ha decidido que las zapatillas de toalla del hotel son apropiadas para ir a cualquier sitio. Después de otros veinte minutos de apagar y encender el ordenador para acortar la espera, al fin nos llaman a embarcar.

El avión era grande, al menos mucho más grande que ninguno que yo hubiese cogido o visto antes. Me había fijado en él antes de embarcar y tenía una especie de chichón en la parte delantera. Al entrar en la cabina me di cuenta que el chichón se correspondía con el piso de arriba, entre tantos pasillos repletos de  asientos y de personas ansiosas por ocuparlos me sentí como si estuviese dentro de un laberinto. Después de localizar mi asiento y preparar las cosas que quería tener a mano (un libro, un paquete de galletas y una chaqueta de chándal) comencé a observar al resto de pasajeros, para adivinar quiénes podrían ser mis compañeros de viaje. No soy una compañera de asiento exigente, básicamente me conformo con que el de al lado no sea ruidoso y que haya tenido el detalle de darse una ducha. Casi todas las personas de alrededor eran de raza oriental, así que asumí que mi compañero también lo sería. Encendí el mp3 y perdí la vista y la mente en el exterior, viendo cómo los operarios terminaban de embarcar el equipaje en la bodega y las grúas de carga se movían de un lado a otro.

–          ¡Puf! Cuánta gente, ¿no?

–          ¿Perdón? – dije mirando sorprendida, mientras me desprendía de un auricular para volver la vista a mi compañero de asiento. Ni siquiera le había visto llegar.

–          Ahhh, sorry, I thought you were Spanish… – me dijo en inglés.

–          Yes, I’m Spanish, you’re right – respondí también en inglés, bromeando con el malentendido.

–          ¡Ah! Hola – me ofreció la mano y yo se la estreché – Mi asiento es el que está al lado del tuyo, pero voy a ocupar el del pasillo por si al final no viene nadie, ¿te importa?

–          No, me parece bien.

–          Es que así no vamos tan apretados.

–          Sí, mejor así, es más cómodo.

–          ¿Te importa si pongo mis cosas en medio? Puedes poner las tuyas también si quieres.

–          Estoy bien así, pon tus cosas si quieres – dije.

La pantalla que había frente a mi asiento se encendió entonces y apareció la televisión a la carta y un pequeño programa de navegación que permitía hacer un seguimiento del vuelo. Estaba bastante curioso: podías visualizar la trayectoria, la altitud, la velocidad y también el valor de la temperatura exterior. Jugué un poco con los menús, tratando de localizar algo que pudiese ser divertido para un vuelo de tantas horas.

–          Qué calor hace, ¿verdad?

–          Sí, hace bastante calor – reconocí. “Y además aquí dentro hay un olor raro” pensé para mí.

Los motores se pusieron en marcha y el avión comenzó a rodar. Tras unos minutos ya nos encontrábamos en el aire, en dirección a otro continente. La azafata nos obligó a cerrar la escotilla, así que tuve que renunciar a mirar el exterior (motivo principal por el cual había escogido un asiento al lado de la ventanilla, aunque la idea de acurrucarme contra ella para dormir también había pesado en esa decisión).

–          Nos obligan a cerrarla para que podamos dormir y así no tener jet-lag al llegar – me explicó mi compañero de asiento – En nada nos pondrán la cena y después apagarán las luces.

–          Vaya, no lo sabía…

–          Me llamo Jose – dijo presentándose.

–          Yo soy Vero – respondí, desprendiéndome de nuevo de los auriculares.

–          Tengo un negocio de pistas de pádel y voy a ver si consigo expandir horizontes en China.

–          ¿Pistas de pádel? ¿Cómo es eso?

–          Montamos pistas de pádel en España, mi socio y yo. Creemos que tenemos una oportunidad de mercado muy importante en China, ya sabes, la gran economía emergente…

“¿Los chinos juegan al pádel? Bueno Verónica… sí jugarán al pádel, otra cosa es que tú no tengas ni idea de eso y pienses que no es así…”

–          No es un deporte muy popular entre los chinos – aclaró él, como si pudiese leer mis pensamientos.

–          Ah, ya decía yo – respondí sonriendo.

Después me estuvo explicando algunos detalles más de su negocio, algunos detalles excesivamente técnicos sobre los materiales que hacen falta para construir una pista de pádel y las instalaciones que son necesarias. Sin darme cuenta ya nos habían puesto la cena.

Una azafata me puso la bandeja con el plato de pollo con arroz que había pedido, todo olía bastante bien y tenía un aspecto gracioso, perfectamente envasado y con todos los recipientes ordenados como un tetris preciso para aprovechar el espacio mínimo.

–          Red wine – dije a la azafata cuando me preguntó por la bebida.

–          ¿Vino? ¿Vas a beber vino?

“Pues sí, tampoco es tan extraño” pensé. Mi compañero parecía buen chico pero hacía rato que estaba empezando a sentirme agobiada con tanta charla sobre cemento y chinos que no comprendían la importancia de usar buenos materiales. Ambos conectamos nuestros respectivos monitores mientras cenábamos, pero a mitad del capítulo de los Simpson que estaba viendo, él volvió a la conversación.

–          ¿Y tú a qué te dedicas? ¿Por qué viajas sola?

–          Soy fotógrafa – respondí tras quitar la tapa a mi postre. Era demasiado tentadora la idea de inventarme una historia sobre mi trabajo como para dejarla pasar, aunque esa idea fuese un poco… malvada.

–          ¿En serio? Eso es genial, ¿para alguna revista?

–          Qué va, yo voy por libre. – “Y tanto” pensé divertida para mis adentros.

–          Y ¿qué tipo de fotos haces?

“Si lo sé no le digo nada” pensé al ver que su curiosidad era cada vez mayor.

–          Paisajes sobre todo. Quiero ir a Hong Kong para fotografiar a los pescadores de Aberdeen. Ya sabes, los que viven en esas casas flotantes tan curiosas.

–          Joder, qué guay. ¿Y te atreves a viajar tan joven tú sola para fotografiar eso? Eres una aventurera.

–          Eso me dicen…

–          Llevarás una cámara que flipas. ¿La has subido con el equipaje de mano?

–          No, no. Las cámaras las he facturado, son demasiado aparatosas. Aquí sólo llevo una cámara más básica. – “Y tan básica, es la cámara del móvil pero al menos eso cuenta como cámara” pensé mientras retenía una carcajada. “Soy demasiado mala con el pobre chico, mejor será dejar de hablar del tema”.

Tras conversar un rato más cada uno nos sumergimos en nuestro propio mundo, con los auriculares puestos y centrando la atención en nuestras respectivas pantallas.

Me había quedado dormida y me desperté por el traqueteo del avión y la luz de cinturón de seguridad. Miré aún somnolienta la pantalla de navegación, pero aún tardaba en ser consciente de dónde me encontraba realmente.

–          Estamos volando sobre los Urales, por eso hay turbulencias – aclaró Jose, atento a mis movimientos torpes y descoordinados.

–          ¿Sobre los Urales? Qué alucinante…

–          Sí, es un mal sitio para estrellarse – bromeó él.

De nuevo me quedé dormida, pero esta vez al despertar, Jose se había ido y solo quedaba una manta revuelta sobre su asiento vacío. Aproveché para ir al baño y tomar algún tentempié. Al salir descubrí a Jose mirando por la ventanilla, con un cubilete de noodles calientes en la mano.

–          Estas escotillas traseras sí permiten abrirlas. Mira. – dijo él haciéndose a un lado para que pudiese mirar por la ventanilla.

Y lo que vi me dejó sin palabras. Una vez mis ojos se acostumbraron a la luz del exterior, pude ver literalmente un mar de dunas. Era el espectáculo visual más extraño y hermoso que había visto en mucho tiempo, el sol rozaba las cumbres de las dunas y había millones de chispas plateadas dibujando su contorno. El desierto del Gobi brillaba, jamás lo habría imaginado así.  Torcí la cabeza para ver lo que había en otras direcciones y mis ojos se toparon con una cadena montañosa espectacular, que rompía el paisaje de dunas como un muro gigantesco. Debía ser alguna cordillera que conectase con el Himalaya, me paré a pensar lo inverosímil que puede resultar volar sobre un lugar así.

Permanecí bastante tiempo allí atrás, observando cómo las montañas le ganaban el espacio al desierto y viendo cómo la trayectoria del avión bordeaba la inmensa cadena de picos agudos y nevados que era el Himalaya. Sólo por una vista como aquella, merecían la pena tantas horas de viaje.

No es otro blog de viajes

Alguien me dijo un día que para iniciar un blog había que definir un tema concreto, que lo ideal es que un blog hable de algo que la gente pueda identificar y que tenga una cierta trama. Estoy de acuerdo, pero al mismo tiempo es una manera de poner barreras a un universo que podría llegar a ser mayor… así que ¿por qué escribir un blog de viajes o que sólo hable de experiencias de viajes?

Después de darle vueltas las conclusiones eran varias: los viajes son una fuente “agotable” de recursos, no me gustaría convertir este espacio en una guía turística y lo más grave, a veces padezco del “síndrome del exceso de imaginación” y puedo acabar escribiendo casi cualquier cosa…

Así que presento este blog: no es otro blog de viajes pero en muchas ocasiones hablará sobre detalles y experiencias reales de viajes que pueden ayudar a entender o apreciar un lugar concreto desde un punto de vista diferente. En otras ocasiones simplemente contaré algo desde un punto de vista íntimo pero puede que no personal, y recalco lo de “puede” porque me gusta jugar a desdibujar los límites entre la realidad y la ficción. Con esto no pretendo engañar a nadie, sólo hacer esta aventura más amena y particular.

A aquellas personas que decidan pararse a leer y descubrir vivencias e historias narradas desde un punto de vista diferente, les doy la bienvenida y las gracias de antemano.

Y por último (pero no menos importante), muchas gracias a Diego y a Daniela, que fueron los que me dijeron eso de “¿y por qué no escribes un blog?”, seguramente sin ese achuchón no me habría animado a hacerlo (además, prometieron convertirse en followers casi incondicionales 😛 nuestra amistad depende ahora de esa promesa, jejeje).